viernes 18 de julio de 2008, posted by werte at 5:57 AM
El blanquito Lanata, en un editorial o nota del día de ayer me insulta personalmente: en un paralelo que lo significa escribe que los zulúes metemos a los opositores en ollas y los hervimos a fuego lento. (Por lo demás, una idea ni siquiera Pixar del Africa Colonial, Disney años cincuenta). No es raro que sea un periodista de la gente: pocas cosas conectan más que las bestias dormidas en la lengua. Pero qué saben ellos del amor o del odio en Swazilandia.

Amon Düül; yeti

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  • jueves 17 de julio de 2008, posted by werte at 8:29 AM
    xzsw. Anoche como a las cuatro y media me despertó un jolgorio casi tan ruidoso como los que provocan los goles de Boca, acunado esta vez por un suave y lejano mar de fondo de bocinas, supongo que provenientes del barrio de Palermo. Pocas cosas más desagradables que te despierte la fiesta del país quintín, tal vez que te la meta King Kong, en Buenos Aires ya no se puede vivir, ¿cuánto salen los cafecitos de La Biela? De todos modos mi tío mendocino debe estar contento, seguro que salió a pasear con la tía en el helicóptero... (Esta tía nunca tuvo mucho aire en el Cabaret, ninguno en realidad, no sé por qué dado que es macanuda, una radical de toda la vida, trece mil pesos de jubilación, los brazos llenos de pulseras de todo tipo y tamaño, parecería Axel Rose si Axel Rose no fuera rubio y tan grasa. Pero su mayor virtud es que jamás me regaló calzoncillos).

    cdrt. Hi5 es un servicio del grupo google, dirigido al público que se aglutina en cibercomunidades, etcétera, el primero que yo sepa en que utiliza ese tipo de programación envolvente que microsoft (messenger, hotmail, etc, un sistema que ha provocado más divorcios que todos los lenguaflojas del mundo sumados) ha llevado hasta el asco, y que yo utilizo nada más como host de las fotos que cuelgo acá (no me gusta el fórcep de los tres tamaños de blogger). El asunto es que además de cosas agradables como puede ser el mensaje de una amiguita a veces me encuentro cosas extrañas, ligadas a la lógica de esos espacios. De vez en cuando me llega lo que se llama "solicitud de amigo". Algunos son automáticos: si el usuario utiliza además correo gmail el servicio busca en su lista de contactos direcciones de otros usuarios de hi5 y manda esas solicitudes, así que ahí lo tengo al bebé tino, vadinho, etc.. El asunto son las "solicitudes de amigos" de desconocidos, por lo general chicas. Por ejemplo, Adelita, la de la linda boquita, voy a la carátula para ver si el moscardón virtual tiene cara, y tiene, y también boca, y todo lo demás, y declara estar Buscando Conocer hombres. O María, de veintitrés añitos, que no declara estar Buscando Conocer hombres sino: Conocer hombres Conocer hombres Conocer hombres, tres veces, lo que ya resulta amedrantador, si no aterrador. Las dos, además de argentinas, se declaran también de la religión Cristiano - Católico. Sí claro, yo soy uno de esos gurúes orientales de cuarenta mil dólares el ooom ooom y la conferencia.

    rtgy. Julio Bárbaro, además de embocar a su hija en una de las FM del grupo mediático, durante su gestión al frente del COMFER no dejó de beneficiar al empresario Daniel Maldad, pero viendo lo que pasa desde que dejó el cargo ya lo estoy extrañando. Desde que se fue o lo fueron la frecuencia de Radio 10 se ha terminado de tragar la frecuencia de Radio Cooperativa. Hasta hace un tiempo nada más la asediaba con la fritura de borde, alguna pequeña incursión de vez en cuando, parecía la Franja de Gaza pero se podía escuchar. Ahora sale Longobardi o González Oro desde la cocina de un Mc Donalds.

    zaxd. Los "oyentes" de Magdalena (el 90% de su publicidad es del capital agropecuario y agroindustrial, sin contar un espacio vendido donde se simula una columna de opinión periodística, alta poética sojera) tienen un ataque lírico patriótico enternecedor. Ensayan frases marmóreo sentimentales para elogiar a Cobos. Es tan terrible vivir... Ah... un "oyente" de Rufino... qué lindo Rufino, estuve hace unos años.

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  • miércoles 16 de julio de 2008, posted by werte at 6:35 AM


    MusicPlaylist


    Comprendí que todo individuo posee dos "yo", el real y el ideal, que el segundo es el motor del progreso, y que pretender que el primero parezca igual al segundo es cosa de mala fe. (Una vida proletaria, Bartolomeo Vanzetti; artículo autobiográfico incluído en No lloren mi muerte, las cartas de B. V.; granica editor, 1972).

    WQRT. Las películas de Fritz Lang, en términos generales, se suelen caracterizar o introducir de modo similar a las de sus colegas del Hollywood progresista. De una película como Fury (1936) por ejemplo diciendo que es una reflexión sobre la justicia y la venganza. Sobre el modo en que el daño puede envenenar el alma del más santo... Joe Wilson (Spencer Tracy) es presentado con todos los atributos de la bondad. Alguien que verdaderamente cree en todas esas cosas que el buen hombre común dice creer y esgrime como valores, aunque sin ninguna zona de doblez perversa, sin ninguna distancia administrativa o explotadora (a las personas que se acercan a la situación de encarnar casi sin resto valores públicos los argentinos los llamamos buenudos: de / por tan buenos, boludos). En suma, Wilson es casi una creación de laboratorio de las que le conocemos a Lang, un personaje purificado hasta un extremo conceptual. Un hombre trabajador al que no le gustan los atajos y cree en la naturaleza moral de la sociedad. Por supuesto, no es idiota o ingenuo (ya con la cara y el físico de Spencer Tracy no resultaría, o resultaría en comicidad; y el director no quiere abrir la brecha que permita que esa bondad pueda verse como una máscara de la debilidad o la cobardía), hay mala gente, o gente en el fondo débil de carácter, como su propio hermano, que se entrega a la disipación, la noche, y los falsos señuelos, pero él sigue el camino recto. ¿Qué sociedad sería esa en que todos trataran de medrar con engaños de los demás? El sueño de Wilson, que últimamente no anda bien de dinero, es adquirir una posición más sólida, lo suficiente como para poder casarse con Katherine (Sylvia Sidney) y formar una familia. Ahora su prometida ha tenido que cambiar de ciudad por cuestiones de trabajo y él le ha prometido establecerse e irla a buscar. A Lang le lleva quince minutos presentar al personaje, su universo moral, sus sueños, y hacernos encariñar con él. Quince minutos de película hasta que Joe se establece y parte en su flamante descapotable a buscar a Katherine, y empieza el desastre. En el camino es detenido como sospechoso del secuestro y asesinato de una niña, y retenido en la comisaría de un pequeño pueblo. Corren los rumores en una comunidad sacudida por el crimen, alimentada por las noticias, por las suposiciones y medias verdades de los diarios, y se forma una masa de linchamiento que marcha a la comisaría y después de enfrentarse a los agentes la prende fuego. Etcétera.

    Antes que la cuestión de la justicia y la transformación de un hombre bueno por el odio -Joe logra sobrevivir y huye medio quemado, como todos creen que murió carbonizado se esconde esperando que los agresores sean condenados por su muerte- el centro de la película conecta esas cuestiones con la lógica de la opinión pública y el murmullo social, con la dimensión alienada y alienante de la idea y realidad de las "mayorías democráticas". Una idea quemante, muy difícil de traficar en un arte popular como el cine. El realismo social standard tenía como límite interno su progresismo, la idea de una relación feliz entre la verdad, la conciencia, las emociones y la justicia en la que las mayorías anónimas eran el héroe silencioso y ausente, a menudo mistificadas, o en el mejor de los casos el lugar abierto de la esperanza. El modo de incluir al público en sus historias -idealmente como una representación del pueblo- podía ser incómodo pero sin salirse nunca de un marco en el fondo adulador. En las películas de Lang no hay nada de esta relación más o menos pastoral. Para el director, que había vivido el ascenso del nacional-socialismo en Alemania, no había dudas de que el nazismo era un movimiento interno de la democracia alemana en ciertas condiciones, que se alimentaba de los valores públicos convencionales de los buenos alemanes (esta afirmación puede resultar temeraria si se olvida que estamos en 1936), y no le costaba obsevar sus reverberaciones en la realidad norteamericana. Tal vez por eso "el método Lang" será único, muy alejado, incluso contradictorio con el del Hollywood progresista.

    [Otros que llegaron a Norteamérica con un espíritu y preocupaciones similares fueron los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Hay un fuerte paralelo conceptual entre ambas trayectorias en el país, y me pregunto hasta dónde funciona y en qué sentido. Por ejemplo, ¿incluye la recepción de sus trabajos en los ámbitos respectivos, con qué variaciones, etc.?]

    Lo único que tienen en común podría ser la voluntad de introducir algún tipo de interlocución activa con el universo de los espectadores, valores, opciones ideológicas, opiniones más o menos difundidas, paquetes sensibles, pero esa interlocución, en el caso de Lang, opera de modo casi unilateral, directamente destructivo o gira en torno a procedimientos que buscan violentar ese universo, una especie de sadismo estratégico. De las películas que he visto es en Fury donde mejor se ve, o donde más lejos se lleva esa voluntad de hacer de la sala de cine una sesión de psicoanálisis salvaje, de multitudes. Para el caso, el modo en que escenifica la formación de esa masa de linchamiento. Una composición de escenas cortas, con pequeñas líneas de diálogo, que una después de la otra representan la cadena del murmullo social, su movimiento y expansión desde la confidencia en voz baja que en ese logos de oídas va cambiando de contenido en el sentido de los deseos comunitarios, y se va autorizando a sí mismo a medida que se generaliza y se hace "vox populi". La incisión propia y directamente violenta radica en que intercala esa composición con la escena de un atiborrado gallinero. No sólo se intercala. Monta espacios de transición en los que las imágenes del gallinero se superponen visualmente con las de la gente amontonada, parloteando ("cacareando") cada uno directamente al oído del de al lado en un almacén ("almacén-corral") que se va llenando, imágenes del parloteo que en dichas transiciones a su vez están aceleradas por lo que efectivamente las personas adquieren el movimiento espasmódico de las reinas del spiedo. Se trata evidentemente de un insulto. El cine progresista standard se hubiera conformado con escenificar la destrucción de ese buen norteamericano por parte del estado, condimentándolo tal vez también con el desprecio de algunos seres desagradables del común, algún borracho fracasado que descarga su resentimiento sobre la carne de la víctima, algún comerciante avaro o político cínico que extraen su cuota de provecho, personajes que desde el vamos se merecerían nuestro gozoso desprecio; en Fury, en cambio, los soretes son la buena gente, nuestros padres, amigos, nosotros mismos, y los únicos que protegen al sospechoso son los cuatro o cinco policías de la comisaría, quienes enfrentan valientemente a su propia comunidad, incluso físicamente. Lang trabaja con la desidentificación más o menos violenta, de cuyo mecanismo en Fury el insulto referido es uno de sus componentes. Además nos ha hecho identificar simpáticamente con el protagonista, luego con el doble perverso de sus asesinos, la buena gente común, su amor a los niños y su noble y gozosa indignación, el borde criminoso y bestial de la buena comunidad convencional, autosatisfecha y mentirosa, a la que acabará poniendo en el banquillo de los acusados. La furia de Fury no es sólo la de esa comunidad, sino también la del director de la película.

    Resulta muy perceptible la preocupación de Lang por hacer palpable a la comunidad como tal, como una especie de espacio sustancial, un agua densa entre los individuos, y la escenifica con las secuencias del juzgado, marcando en principio las resistencias y luego, frente a las evidencias contundentes, que hablan por sí mismas, la integración traumática y dispersiva, destructiva, de esa verdad en la ficción societaria. Aunque también en ciertos momentos del desarrollo de los acontecimientos: por ejemplo antes del enfrentamiento, cuando la masa está frente a la comisaría exigiéndole a los policías, que están parados en actitud defensiva, que le entreguen al reo, una mujer con un bebito en brazos "sale" de la multitud y le dice al agente que es su marido que si no les dan al asesino mejor que no vuelva a casa. Al director, además de montar una máquina y ponerla a funcionar, le gusta mostrar sus componentes. En este caso mostrar la difícil situación subjetiva del agente -de todos ellos- y por tanto su humilde heroísmo, y además mostrar que se lo muestra.

    [En la "pueblada de Arequito" de hace unos años, no sé si la recuerdan, la masa también fue "devuelta a la cordura" por autoridades sociales "tradicionales", las más típicas y tradicionales de todas, la Directora de no sé qué colegio, el cura... que calmaban a la gente en las "asambleas". Había ocurrido una pelea y un mecánico acabó muerto. El matador era un pobre de un barrio pobre. La masa de linchamiento no sólo quería cazarlo a él, sino que pretendían además echar a todos los habitantes del barrio. Circulaba como aire el relato -que los medios nacionales repetían- de un delincuente violento que había ido a agredir y matar al buen mecánico que le arreglaba el auto a Don Pepe y a Don Esteban. Más allá de que no hay que ser un analista de fuste (con un poco de verdadera y elemental decencia alcanza) para percibir el mar de fondo ideológico desde el que tan fácilmente se generaliza a un conjunto social entero los comportamientos de un individuo pobre con el tiempo los curiosos -ya había pasado la maroma- nos enteramos sí de que el matador era un delincuente y de que el tipo del taller, además de tener dinero y "ser" también un delincuente, había sido el agresor. O sea, probablemente se había tratado de una pelea entre socios criminales. Por lo demás esos barrios de miserables son raros en las ciudades del interior que, históricamente, arrojan sus excesos poblacionales sobre los grandes centros urbanos, siguiendo la ruta de la acumulación del capital. El porqué de ese barrio en Arequito: el gobierno y la sociedad menemista se lo habían vendido a las autoridades provinciales y municipales, era parte de un plan de transferencias poblacionales importantes que quedó trunco por la crisis, plan que no sólo habla de la podredumbre y miseria espiritual de nuestras derechas estatales y sociales sino que además era coherente con el proyecto económico-político de los últimos treinta años.]

    XZSW. Mi preferido es el Lang onírico o pesadillezco de The Woman in the Window, pero sus películas más políticas tienen el atractivo de su singularidad extremista, de que al contrario que todos los pastoralismos concibe o parece concebirlas como máquinas de desgastar espectadores. Contra mis deseos nunca pude pescar una buena biografía del director, pero tengo curiosidad por saber cómo eran recibidas (supongo que más o menos "bien" porque filmó bastante hasta que el conformismo represivo de posguerra -el mccarthismo- lo motivó a desandar sus pasos hacia Europa, pero me refiero a algo más "conceptual" o de detalle cualitativo); Fury es de 1936 y supongo que en ese contexto de crisis capitalista el público en general puede ser más receptivo a un autoexamen violento, al fin de cuentas el desacomodo de la propia sustancia suele ser un sentimiento compartido y a flor de piel, pero aún así hace tan poco juego con el optimismo social-liberal, sentimientos y recetas más o menos evidentes y un reparto de malos localizados y estable, etcétera, que a priori o sin más me parece algo fuera del cuadro, una película que se volvió más verdadera (¿y por eso tal vez más indigesta?) en la américa autosatisfecha de posguerra. O que lo era, pero en función de la realidad europea, con la que los norteamericanos se relacionaban desde un par de clisés en los que no cabía que el fascismo pudiera ser un segregado profundamente democrático y no "una reacción de la vieja Europa". ¿Y con qué brebaje digerir la idea de que nada produce más efecto comunidad que los crímenes compartidos? Otra cosa que me interesaría pescar en esa biografía serían precisiones sobre la relación con su esposa, una compañera de trabajo y hasta cierto punto espiritual, a la que abandonó junto con Alemania. Entiendo que esa separación fue o tuvo su componente político, ya que ella acabó simpatizando con el movimiento nazi.

    KPRT. La definición general más suscinta que se me ocurre de las películas de Fritz Lang -descontando las excepciones- es que se trata de un cine que antes o más que mostrar, relatar y/o revelarnos algo quiere hacernos algo, en el sentido más directo y objetual que quepa imaginar. De ahí que no pueda evitar pensar en ellas en términos de "Lang esto" o "el director lo otro". Esos nombres, más que a un ítem de la plantilla de producción quieren referirse a esa "voluntad" cuyo peso no deja de sentirse, y que a veces (como en el mencionado insulto) se escenifica en la superficie más o menos directamente.

    ZAQW. La "placa" es un componente esencial, un objeto cargado al tiempo que recurrente del discurso de Hollywood en relación a la ley y la justicia, y parece enganchar dramáticamente algunas otras cuestiones culturales al menos en lo que hace a su captura cinematográfica. La placa policial desde el vamos remite al aparato, pero también al individuo. En el cine americano no se trata simplemente de algo que recorta o separa al funcionario del hombre y lo público de lo privado, sino de un espacio conceptual siempre abierto, dramático y de disyuntivas. De un lado el orden y del otro la justicia (o a la injusticia). La institución o la conciencia. Las reglas y las situaciones. No tanto simples oposiciones o contradicciones como una especie de acuerdo imposible, siempre fisurado, entre dimensiones excesivas. Hemos visto cientos de veces policías arrojando la placa al esritorio del jefe, y alguna vez incluso al suelo con desprecio. Sheriffs que se la meten en el bolsillo de la camisa cuando vienen los malvados, por temor o porque existe algún tipo de acuerdo más o menos tácito o "político" con el poderoso de la región y sus sicarios. Colgando del pecho de delincuentes. O ese motivo ya tradicional del primer plano a la placa, por lo general en la mano del policía que friega la chapa con el pulgar, y que marca momentos de íntima y dolorosa reflexión del personaje y de la historia, un instante de decisión y tal vez de sufrida despedida. Más allá de este tipo de escenas marcadas por la literalidad del objeto, la conexión paradojal entre ambas dimensiones es propia del cine americano (casi siempre que gira alrededor de la justicia: western, policial, de pesquisa judicial). En síntesis, se trata de algo parecido a esos matrimonios cuyas partes no se entendieron nunca y que sin embargo no pueden vivir sino juntos: la justicia como máquina abstracta e impersonal, que remite al aparato, y la justicia como moralidad o incluso como teología con sus pulsaciones de absoluto, que remite a la conciencia y la singularidad. La primera, por su naturaleza administrativa, genera una ancha zona gris al borde de la ley, un espacio de cohabitación con la ilegalidad que en el cine americano es también una nebulosa moral que repercute en sus personajes. Midiendo este asunto comparativamente pienso en las películas de Melville, donde esta cohabitación permanente, a veces admiración mutua con el delincuente, respeto, etcétera, y sobre todo una vasta y compleja trama de interacciones, no difumina la frontera "moral", el quién es quién, no genera, en suma, una cuestión subjetiva, como si la definición burocrática fuese amparo suficiente. Además me pregunto si esa "diferencia americana" tiene que ver conque subsista en los hechos, en muchos estados, la vieja idea del sheriff como cargo electivo, como también la naturaleza electiva de los altos cargos de fiscalía (en suma, si se trata del mismo continuo espiritual).

    En The Big Heat (a la que siempre recuerdo como The Big Hate) el que abandona su placa sobre el escritorio del superior es el detective Bannion. Tiene la certeza de que el supuesto suicidio de un compañero es en realidad un asesinato pergeñado por el mafioso de la ciudad, y lo investiga. Lo que va descubriendo es una trama delictiva que incluye a alguna parte, aún indefinida, del propio departamento de policía. Un argumento que se volverá clásico, pero del que para este caso no recuerdo los detalles. Sí que están implicadas las altas esferas de la institución, pero no la forma de esa implicación. En todo caso Bannion también encarna como Wilson una idea y voluntad, en este caso la de justicia, y a diferencia de él no tendrá un momento de caída sino que persistirá hasta el final. Cuando es llamado al orden por sus jefes abandona su querida placa para continuar la pesquisa por sí mismo, sin cobertura operativa ni legal. Un aspecto fundamental de la trama es el comportamiento de sus compañeros del departamento. En términos "morales", subjetivos, se pude decir que están con él, pero razonablemente acatan la ordenes superiores, y Lang escenifica esta solidaridad abstracta y sin consecuencias de muchas maneras, entre ellas las miradas silenciosas y de reojo, culpables, que le dirigen en sus encontronazos con los superiores, o cuando se marcha luego de abandonar el departamento.

    Otra semejanza con Fury es de procedimiento. La brutalidad no sólo de algunos hechos del relato, sino también la del director, esa especie de voluntad externa que como escribí más arriba se percibe en algunas de sus películas. La familia de Bannion es elaboradamente irreal, de una artificiosa perfección, una estampita del sueño americano. De una pureza amorosa tal que apenas percibida adivinamos destinada al arrasamiento, así que cuando madre e hija vuelan por el aire de un bombazo no nos sorprende en lo más mínimo, y es contra el fondo de este hecho que Lang quiere que midamos la amable razonabilidad de los camaradas del detective. Una cosa inolvidable que tiene la película, relacionada con esto, es el final feliz más elaboradamente falso de la historia del cine, me animo a esta cuantificación pedante autorizado sólo por el hecho de que no puedo imaginar nada que lo supere. En el final feliz hollywoodense típico no se trata sólo de que el héroe cumpla sus objetivos y los malos pierdan (o la variación que sea... por ejemplo, la buena y pobre putarraca se casa con el rico y bello galán del que se ha enamorado), sino en el hecho posterior del reconocimiento social, que hace el mayor y verdadero placer (narcisista) del espectador. En la aludida Pretty Woman el galán va a buscar a su prostituta enamorada, si no recuerdo mal, en un descapotable lleno de flores, a su casa. El mismo actor (Richard Gere), en otra película, fue a buscar a la chica de inmerecida mala fama a la fábrica donde trabajaba, vestido con el reluciente uniforme de marino, y se la llevó en andas del antro frente a la mirada y el aplauso de todas las operarias y operarios. En The Big Heat el héroe vence y captura a los malos, incluyendo las conexiones de la jerarquía policial, y la escena final es la entrada triunfante de Bannion en el departamento de policía, al que ha sido readmitido, y sus compañeros lo abrazan y vitorean, verdaderamente contentos, y el detective responde complacido los saludos y efusiones. Pero el espectador no lo recibe por su parte con ningún plus de satisfacción, al contrario, la alegría de la escena le resulta falsa y extemporánea, después de todo esos tipos tan contentos son los que se quedaron en el molde, una mísera majada. El efecto de ese final en realidad acaba siendo tristemente desolador, de una sorda desesperanza, exactamente lo contrario que uno supondría por su contenido, y me pregunto si se trata de un ejercicio de humor negro, algo ajeno a Lang, o si en algún sentido tiene que ver con los mecanismos de la censura, muy complejos por cierto, pero que en una de sus líneas incluye fuertes presiones y acuerdos cupulares con el estado, en el sentido de controlar la "imagen" de la policía, la presentación moral del delito, etcétera.

    CXRY. En Fury Lang construye "la masa" siguiendo la lógica y el modelo atemporal del progrom, donde no se trata sólo de su irrupción abierta sobre el espacio público, sino de algo mucho más inespecífico y permanente, que sólo cabe considerar así dada su temible recurrencia en el tiempo y en el espacio, una figura de lo comunitario como tal. En The Big Heat es una masa más reconocible aunque difusa, un colectivo del temor, pero que inevitablemente no puede dejar de experimentarse, aunque sea ambiguamente, como una silidaridad con el crimen. Lo que constituye a ese conjunto como masa es el acuerdo implícito pero conciente y activo en el silencio. Este costado de sus películas entronca con una línea (dicho brutalmente) pesimista de reflexión sobre "las masas". Hasta el fascismo, y sobre todo hasta el fascismo alemán, mi impresión salvaje es que muy pocos le hubieran otorgado crédito a la idea (dicha en los términos cuajados del sentido común) de las masas como disolución de las represiones culturales y amuchamiento bestial. Lo más parecido a esta noción se podía encontrar en la relación ilustrada de desconfianza, de temor y hasta de terror o paranoia frente al fantasma de las masas, además del temor burgués a la revuelta, que conectaba con cierto paternalismo de estado y aristocratismo cultural (el eterno lamento de la recaída mercantilista del gusto), el pueblo-niño y el pueblo-tonto, y en ambos casos "masas" señala o señalaba la pulsación en la clase dominante y los aparatos de estado de la democratización cultural y política, la incisión anónima y mercantil sobre el dominio simbólico. En todo caso una idea de las masas como mayoría precultural, pero en un sentido más banal del término, casi de etiqueta. Del lado izquierdo la reflexión era más compleja e interesante entre otras cosas por el mero hecho de ser positiva, activista...

    Etc. Corto acá. Voy a prender un rato la radio del Gran Hermano Clarín. King Kong love me. Y no compren Veritas club, firm for men, que tiene un olor a sobaco genocida.

    XZRT. Como guió a las ratas por las calles/ el flautista de Hammelin,/ bailamos como marionetas/ la sinfonía de la destrucción. (Megadeth, vía DF).


    SPK; zamia lehmanni: songs of byzantine flowers /// SPK; digitalis ambigua, gold and poison
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  • viernes 11 de julio de 2008, posted by werte at 12:10 AM
    En fin. Tengo varios pedazos de posts en win pads pero me cuesta, me resulta imposible reencontrar y retomar los hilos subjetivos. Uno se llama El amor en Siracusa y reseña algo así como una historia más completa de la relación entre Platón y los tiranos de la isla, en realidad mucho más compleja y extensa que el recurrido perogrullo aleccionador, por lo demás pedorro. Otro, que no tiene título, comenta con ejemplos el mecanismo de los enamoramientos de Rousseau, incluyendo la historia y el pequeño sinsabor de lo que antes se hubiera llamado su desvirgamiento. Etcétera. Pruebo con poner la misma música pero no funca. Pruebo con comodines sonoros como Acid Mothers Temple y tampoco. Y si eso no funciona lo único que queda es tomar un poco de droga pero a mi dealer se lo tragó la tierra o la policía federal o los marcianos o alguna de las bandas de cristo rey.

    Lo que hay es: vaquitas.

    Lo que hay es: porotos de soja.

    Que han abierto las puertas de los mausoleos y ha salido todo ese viento frío y negro que encierran con los muertos. Y aunque me gustan los muertos, sobre todo si caminan y se convierten en murciélagos y vuelan, o si persiguen en masa y a los tumbos y se comen a la buena y bella gente común, o si oprimen como pesadillas el cerebro de los vivos, o tocan El Féretro, El Espejo, o Gente que No... pero no veo cómo encajar en algo de eso a entes como Miguel Ángel Toma o Coti Nosiglia o Luis Barrionuevo.

    Que mi mamá hace todas las cosas que cuando era chico me repetía a cada rato que no hiciera. Habla con la boca llena y come con la boca abierta. Bebe del pico de la botella. Se tira pedos. Deja las puertas abiertas. Guarda el queso mal cerrado y ya no le molesta la corteza que se le forma en la superficie. Sale del baño mal secada y va dejando un rastro de agua tras sus pasos. Moja el pan en el jugo de la ensalada directamente de la fuente. Hace ruido cuando sorbe café o sopa. Descanza los pies en el travesaño de las patas de la silla que tenga delante. Se hurga la boca con escarbadientes. Va por la casa en paños menores (el otro día fui a verla y cuando entré conversaba en camisón con el plomero). Se ha deshecho, en suma, de todas sus normas inútiles. ¿Podré yo hacer lo mismo?

    Que el PCR quiere demoler Buenos Aires y convertir el terreno en arrozales comunales. No me desagrada la idea de pasar ocho horas diarias con las patas hundidas en una sopa tibia si la del cuarto es asignada conmigo, y tenemos un secretario de sección bigotado, y cine proletario al aire libre, y el eterno e irrompible hombre montaña argentino -Otto Vargas- nos da clases de Tai Chi Chuan.

    Que estos días una frase me repiquetea en la cabeza: Y arrojé el agua fría sobre nuestra alegría. No sé por qué. Tampoco si me gusta o no me gusta. Sí que lo he hecho algunas veces. La dice un personaje de Bresson. No recuerdo cuál. Aunque infiero, lo más probable que incorrectamente, que puede tratarse del curé: no me suena o me suena a deseconomía en una linea de diálogo entre personajes de una película del francés, así que supongo que puede estar entre el abundante off del diálogo interior del personaje de Journal d’un curé de campagne.

    Que antes el pueblo aprendía un poco de ciencia social francamente realista durante el servicio militar -el manejo de armas de fuego- o en quintas camufladas del Gran Buenos Aires -el armado de bombas caseras, en clases impartidas por anarquistas españoles o estudiantes de bioquímica o ingeniería. Es el momento de confesar que nunca me agradó ese asunto de acabar con el servicio militar. Hubiera sido mejor reemplazarlo con algo más irregular, sin todo ese tejo del uniforme, la obediencia y la alcahuetería. Porque no jodamos, no hay ciudadanía desarmada, o sin las disposiciones en juego en el asunto.

    Pero qué va... como me dijo un policía: Gracias hacen los monos...


    Altamont; civil war fantasy

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  • viernes 4 de julio de 2008, posted by werte at 10:25 PM
    Un médico, un chamán y una doctora asisten al nacimiento de una nueva colección de bolsillo. (Leyenda que sin más referencia o explicación ilustra un señalador).

    Así que señaladores. Tengo un par de cientos. No puedo decir que los coleccione, al menos no que lo haga concientemente, pero por alguna razón no los he tirado (hasta después de este post, cuando meteré buena parte en la bolsa de residuos).

    Los peores (y que serán sacrificados en masa) son los que te dan con la compra en las librerías y de entre ellos los de las grandes cadenas. Los de Cúspide de feos resultan agresivos, ese amarillo helado de vainilla es una patada en los escrotos, directamente son cartones plásticos de propaganda, por lo general de lanacion.com, pero también tengo uno con publicidad de desodorante de ambiente poett. En la otra cara publicitan la tarjeta cúspide/max: Sume puntos y disfrute del libro que prefiera. Detesto ser objeto de dichas políticas comerciales y detesto cuando tengo que aguantarme la explicación de "los beneficios para el consumidor" que implica pertenecer. Chúpenmela fakires tragasables, me amarga la sola idea de destinarles el más pequeño hueco mental, de que pueda estar por ejemplo en la bañera y descubrirme tratando de recordar "los puntos que tengo en Cúspide" o en el supermercado de la pindonga. Otros muy feos son los algo más discretos de la cadena El Ateneo, de los que además abomino porque su local más grande ocupa lo que fue un gran y viejo cine en el que antes de empezar la película uno se recostaba en la butaca y flasheaba con las pinturas del techo. A ese cine alguna vez una novia me llevó a ver Un Ángel Enamorado, por lo que me di cuenta de que la relación no tenía futuro. Ahora es un Auschwitz lujoso lleno de libros y turistas sacando fotos y vendedores analfas a los que hay que vigilar cuando datean la computadora. Yendo al punto digamos que son azul oscuro, un profundo y bello azul a qué negarlo, con un pequeño fragmento de texto en letras blancas de algún libro famoso. Digo fragmento de texto porque por lo que veo en los cuatro que tengo (y que recién ahora leo) sólo del que recorta una línea de Sobre Héroes y Tumbas se puede decir que la frase encierre una idea (sobada hasta el espasmo, como suele pasar con el agobiado don Ernesto de los Santos Lugares): Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia... Buuuuuhhhh... Para ver la diferencia con lo que parece ser el concepto general, no tan culti-berreta, de esos señaladores, paste la de Cortázar, sacada de Final del Juego: Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en el que el primer papelito cayó del tren. De los señaladores de librería me gustan el par que tengo de Guadalquivir, que a pesar de incluir las muy visibles y afeadoras referencias al negocio (nombre comercial, dirección, página web, etc.) tiene ciertas cualidades por las que se pueden considerar obsequios, sobre todo cierta cualidad táctil muy distinta del típico liso-terroso del cartón prensado o del liso-liso del cartón plástico; no tan largos como los standard (y muchísimo menos que los monstruosos de Prometeo, que parecen reglas de carpintería), de un blanco apenas transparente, flexible, de una tersura interrumpida por finas líneas de relieve verticales. Otros que me gustan son los casi plásticos de la Librería de las Luces, de los que tengo unos cuantos porque en otra época (la larga crisis de los 90s) supo estar provista de un buen stock de libros usados, saldos de muy viejas colecciones (las necesidades financieras son capaces de vaciar los rincones más insospechados u olvidados de los depósitos), y a la que hace mucho no voy porque se ha convertido en un gris y triste desamparo; blancos, con las referencias de rigor en letras de un marrón avejentado lo mismo que las ilustraciones de los extremos, un farol a la izquierda, un tranvía a la derecha. Ahora que los veo, digamos, con cierta conciencia, no sé por qué me gustan. Tal vez también porque las palabras están dispuestas a lo largo, lo que es poco común, o porque el nombre comercial está inscripto en letras manuscritas bellamente enruladas, o por la memoria difusa de las buenas cosas que he conseguido en ese antro. Etcétera.

    Entre los señaladores empresariales mención aparte merecen los que regalan o regalaban en Musimundo, con los colores de la casa, cada uno con una caricatura de algún músico nacional o extranjero, veinticuatro en total que el mismo señalador declara coleccionables. El mío trae al Indio Solari y una frase que se le atribuye: Nosotros creemos en el principio ordenador del placer. La frase, aparentemente de un hedonismo contracultural, acaso haga evidente en este contexto su banalidad de ideología dominante, de paquete sensible obligatorio y Gran Hermano Libidinal.

    Otro que me gusta, a su manera, es el que tengo de la librería Huemul. De cartón berreta verde, letras negras, el dibujo de una mano ilustra una de las puntas, cerrada salvo el índice extendido señalando hacia afuera dios sabrá qué, es una mano que resume un gesto imperativo, admonitorio, que viniendo de donde viene podemos interpretar como: ¡Al rincón! o ¡Roñosa andá a barrer! o ¡Marche a las duchas, judío!

    Después están los señaladores publicidad de libros, por lo general de libros de John Grisham. Los voy a tirar a todos salvo uno de la librería Górgola que publicita Drácula, de Bram Stoker, y trae como ilustración un vampiro cartilaginoso, la boca rugiente abierta y grandes colmillos sanguinolentos. Similares a estos: se están volviendo bastante comunes las ediciones que lo traen adherido a la primer solapa. Tengo uno bastante feo de Pasado y Presente, de Hugo Vezzetti, del que así me despido, y otro muy lindo de La Revolución Rusa, de Sheila Fitzpatrick, rojo, referencias en letras blancas, arriba en blanco y negro Lenin hablando a la multitud en la Plaza Roja.

    Otro, un tipo muy especial de señalador, son los que uno se encuentra en las tiendas de libros viejos o en el Parque Rivadavia, adentro de los ejemplares. Por lo general se trata de señaladores conmemorativos especialmente comprados para regalo, por ejemplo para el día de los enamorados o, como el que tengo enfrente mío, para el día del amigo, y siempre traen impresa una bolufrase de pringoso sentimentalismo. Este está ilustrado con unos pequeños y rojos pajarillos posados en la rama florida de algún árbol (fuera de cuadro), con la leyenda Feliz día del amigo. A la derecha la bolufrase enmarcada en florcitas: La vida es una senda que al recorrerla juntos vamos descubriendo alegrías y tristezas. Sobre el blanco de la parte de atrás, a pulso con birome azul, agrega Graciela: Para una persona especial que comprende y sabe escuchar. Graciela 20-7-81. Graciela tiene una letra cuadradita donde la manuscrita se mezcla con la imprenta minúscula, combinación compulsiva que también me aqueja. Otro de estos de regalo pescados en algún libro viejo, incluso más encantadoramente cursi e infantiloide, es uno cuyo motivo está pintado sobre un recorte de plástico transparente, salvo lo que corresponde al cielo que se ha dejado como transparencia. La escena ilustra una pequeña utopía campestre, casita de tejas rojas, árbol frondoso con pajaritos, florcitas sobre el verde pasto, y adelante y apoyados a la tranquera una familia-perritos humanizada. Arriba, letras rojas también de dibujo, Gracias por todo. No hay de queso, nada más de papas.

    A mi señalador preferido hace meses que no lo encuentro, ha quedado embutido en algún libro. El único que he comprado. En un colectivo, hace como quince años. La chica contó que estaba pasando por las malas y quería terminar de estudiar. Artesanales. De ese cartón crudo que tiene como pequeños nudos. Unas máscaras de teatro y líneas enramadas cayendo desde los vértices, dibujadas con tinta china. Como me gustaba y no quería que acabara hecho mierda hace unos años lo metí en un recorte de contact transparente.

    Ya terminando no puedo dejar de mencionar esas cosas que usamos de señaladores pero que no lo son en su intención formal. Una tarjetita de Museo Rock, Pasaje San Lorenzo 356, ilustrada con la clásica foto de Sumo con Petinato con cara de pelotudo alegre y la leyenda ....esta sí que es ARGENTINA!!! Recuerdo de la época de psicodelia decadente santelmiana, cartoncitos lisérgicos y vino en caja. Una que me gusta, un pequeño y duro cartón rectángular que me dieron cuando fui a ver Hoteles, de Aldo Paparella, en el cine Gaumont. Una muy buena película, muy arty y con sexo explícito, estrenada el 15 de enero de 2004. Como nos recuerda también el cartón, el filme engancha cinco historias, cinco ciudades, y cinco parejas; distintos idiomas, distintos formatos, infinitos sentidos. El frente además está ilustrado con la flaca rubia de una de esas historias, triplicada en espejo, que repruduce un instante de cuando, arrodillada en el piso, con una mano se levanta el liviano y corto vestido y con la otra se acaricia entre las piernas, la cara levemente extática girada apenas hacia un costado y arriba etcétera. Del otro lado, negro sobre blanco, los nombres del elenco y el equipo de producción más algunos auspicios. Etcétera.

    ea. Escucha analítica. Agrupación de psicoanalistas con más de quince años de experiencia, fundada en 1987. Atención a Obras Sociales y pre-pagas. Honorarios preferenciales para estudiantes y docentes. Supervisiones clínicas. Grupos de estudio. Consultorios en Capital y Gran Bs. As. Solicitar entrevista... Este me debe haber venido de polizón adentro de El Hombre de los Lobos (literatura pesadillezca a la altura del mejor Poe). Al tacho.


    Acid Mothers Temple; kinski and acid mothers

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  • domingo 29 de junio de 2008, posted by werte at 10:45 PM
    XSWQ. Para mí el problema -si es que a los zulúes nos está permitida la opinión libre soberana y la mar en coche- no es "el mercado". Después de todo -y robándole a Émile Zola- el dinero, amo anónimo e impersonal, deja bastante más espacio subjetivo que la dependencia de la corte o del beneplácito de los funcionarios del Presidente Julio Argentino Roca. Al punto de que cabría preguntarse si podría existir la ética en sentido moderno sin la existencia del dinero, si no es el dinero el que nos deja a solas con nosotros mismos.

    El problema de los escritores es que a diferencia de los zapateros deben competir incluso y sobre todo con los muertos. ¿Se imaginan qué pasaría con la industria del calzado si los zapatos fueran eternos y en lugar de existir la moda, la depreciación planificada, su consagración se rigiera por los códigos de las bellas letras? Los diseñadores, en lugar de la infantería de la rotación del capital, serían más parecidos a un montón de pavotones (así deberían comportarse a su pesar) tratando de llamar la atención desesperadamente.

    A diferencia de los vivos los muertos pueden ser célebres y no cobran regalías. No molestan a los editores llamando por teléfono. No cojen más que los críticos. Hay calles con sus nombres en todas las grandes capitales. Premios que los recuerdan. Son carne del paper de todos los días. Los citan los presidentes cuando tratan de parecer cultos o rozarse con un poco de eternidad. Y sobre todo no tienen que ser jóvenes, ese invento fascista.

    (Así que no estaría mal un poco de tolerancia).

    PYNJ. Es increíble cómo deprime limpiar, ordenar, todo eso. Terminás, aunque sea más o menos, y te sentís una basura, un ser inocuo y despreciable, como dice Alejandro Sokol: el peor. Como si toda la porquería que acabás de embolsar y meter en el depósito te dejara su ser atravesado en el esqueleto.

    De arriba de la alacena, que hacía años no visitaba, el trapo empapado de agua y cif y lavandina cuando no patinaba arrastraba trabajosamente una sustancia espesa y pringosa de color verdinegro, llena de moscas y moscones secos pegoteados.

    Ahora no queda nada sobre el piso salvo bafles, sillas, y tres o cuatro muebles. Liberé un cajón para poner agendas y la lumi. Hasta me quedó un pedazo en el lomo de un mueble para apoyar el lapicero y el estuche de los anteojos. Lo peor es que en dos semanas esto será de nuevo un campamento palestino sin miseria ni enemigo alguno a la vista, sólo roña y despelote.

    (Todavía tengo un calzoncillo viejo tapando el agujero de lo que fue un conducto de aire acondicionado. En la pieza. En fin).

    IJMP. Fin de semana escuchando Modest Mouse. Me gustan, aunque hube de superar el primer efecto de pixies-deja vú.


    Modest Mouse; baron von bullshit rides again
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  • jueves 26 de junio de 2008, posted by werte at 8:40 PM
    (Duhalde, sorete, hace seis años tus esbirros azules y bigotados se cargaban a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki)

    Ayer andaba por el barrio y entré al Coto que está frente al Shopping Abasto a comprarme unos calzoncillos, medias, y una maceta para plantar albahaca. Apenas subir al primer piso y atravesar la sección de ropa femenina un señor me ve y me sonríe. Como estaba a diez o quince metros pude hacerme el pelotudo y seguir de largo mientras pensaba de dónde mierda lo conocía. Todo el tiempo me ocurre de ver caras familiares, por lo que he desarrollado el reflejo de seguir de largo para no papelonear saludando rostros de pesadilla o a tipos que tal vez vi dos segundos en la cola de un cine. Lo desagradable es que esas caras totalmente pasajeras que el viento arrastra se me mezclan y ponen a un mismo nivel con otras que corresponden a personas con las que he tenido algún tipo de trato, de esa clase de trato externo y ocasional que tenemos de a cientos en las grandes urbes.

    El asunto es que esta vez debí parar y saludar porque el tipo me había reconocido. ¿De dónde? Lo único que sonaba sin convencerme es el primer piso de la descajetada Casa del Uruguay en Buenos Aires, donde una fauna inorgánica de trotzkistas y trotzko-peronistas y rojos galácticos nos reunimos tres o cuatro veces durante los meses calientes del verano de 2001/02. De todos modos debía ir hacia ahí, él estaba revolviendo la mercadería exhibida sobre unas mesas frente a la góndola de calzoncillos.

    Resultó un librero, un ex librero ahora, que hace algunos años trabajaba cerca de casa, en un local que ya no existe. Me contó lo que yo había adivinado cuando en su momento me encontré con las persianas metálicas bajas y tiempo después con un negocio de modas. Con la recuperación económica los alquileres en la zona se dispararon hasta el punto de que un pequeño comercio de libros viejos no podía funcionar. Me contó además que después de eso sus propietarios se dedicaron a la venta por catálogo vía internet y que se especializan en rarezas que colocan en el mercado europeo, por lo que él quedó en la calle. Además ahí, frente a la góndola de calzoncillos, me contó su vida. Egresado de la facultad de filosofía y letras trabajó muchos años en una obra social. Los ajustes menemistas lo arrojaron a la calle junto con los más viejos de la plantilla y de ahí a la librería y de la librería a la miseria y de la miseria a la subsistencia pobre desde que pudo acogerse a uno de esos regímenes jubilatorios especiales, instaurados por el kirchnerismo para los que no alcanzan con los años de aporte del régimen tradicional. También: que vive solo y que pese a la penuria no vendió sus libros. También: que no veía, no encontraba un pijama igual al comprado hace unos años, y que le había durado tanto tiempo hasta ahora. Etcétera. Ni asomo de queja. El mismo talante amable y campechano que, ahora sí, le recuerdo. La única diferencia es que se le ha empeorado ese tic que le contrae los músculos del cuello y una parte de la cara, que ahora parece el mecanismo del pausado tableteo de un fusil.

    (No lo hice pero de querer podría haberle contado que alguna vez, no hace mucho, zamarrié un poco a su antiguo jefe de la librería. O no sé si su jefe. Su jefe visible era la mayor parte del tiempo una morocha un poco agria, que según él podía ser muy desagradable. Lo había visto algunas veces al fondo, detrás del mostrador con las manos enfundadas en guantes de látex, limpiando y curando viejos ejemplares antes de ponerlos a la venta. Resulta que saliendo a tontas y a locas de un estacionamiento casi se carga a una vieja que iba delante mío por la vereda así que lo solapié metiendo los brazos por el hueco de la ventanilla, abierta de su lado, y podría haberle contado que mientras lo zamarreaba y puteaba y pateaba la puerta el ser pacífico y contemplativo y casi vegetal que soy y vive detrás o abajo de mi cara y mi piel y mis gestos y ajeno a cualquier cosa que pueda hacer se preguntaba quién era ese tipo que estaba, que estoy, que está puteando y zamarreando, de dónde mierda lo conozco...)


    Guided By Voices; jellyfish reflector
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