-¿Cuál era su misión, Ibañez?-Mi tarea era, cada vez que partía un vuelo, pasar por el campo, llenar con agua del bebedero los cilindros que se usaban para traer la ración de alimentos y cargarlos en el jeep junto con una botella de detergente y un cepillo. Volver a la pista y esperar a que los pilotos, después del aterrizaje que los traía de vuelta, acomodaran el avión en un sector medio escondido de la pista antes de irse a dormir. Yo tenía que arrimar el vehículo y con un trapo mojado en el agua con detergente de los tachos, ponerme a lavar todo el avión para que no quedara ninguna señal de nada.
-¿Qué señales no debían quedar?
-No sé qué efecto les produciría la droga que les inyectaban a los prisioneros. Yo creo que los reventaba. Se ve que durante el vuelo, por efecto de esa inyección que para mí ya los dejaba medio muertos, los pobrecitos condenados se hacían encima. En el interior del avión te encontrabas con sangre, vómitos, orina y materia fecal por todas partes. Yo tenía que limpiar esos restos tanto por dentro como por fuera. Y ahí venía lo peor.
-¿Qué era lo peor?
-La panza del avión era lo que más me costaba lavar. Después de cada vuelo traía una mezcla de cuero cabelludo, sangre y vísceras pegadas al fuselaje. Se ve que al arrojar los cuerpos -pienso que por efecto del viento y ese vacío que hacen los motores para poder volar-, los cuerpos chicotearían contra la panza salpicándola con sangre y otras partes humanas. No lo sé, pero me acuerdo que era durísimo sacar la sangre pegada en el fuselaje. Es que se endurece tanto la sangre cuando se seca...
-¿Los aviones siempre regresaban en esas condiciones?
-Los Twin-otter peor. Esos aparatos tienen un fierro en la panza para evitar que la cola toque el suelo cuando despegan. Se ve que algunos de los cuerpos arrojados al vacío golpearían contra ese fierro que llegaba enchastrado con todo lo que te puedas imaginar. Eso tenía que hacer.
-En el testimonio de un arrepentido se menciona a cierto cuchillero que integraba el grupo de los vuelos. Dijo que se abrían los cuerpos...
-(Interrumpe) No me gusta hablar de esto. No lo hubiera hecho antes de relacionar ciertas cosas que me tocó vivir. Pero ese Napoleón tiró unos datos, dijo que se practicaban incisiones con cuchillos en los cuerpos de los prisioneros cuando ya estaban cargados en los aviones. Que les hacían un corte en la mano y otro en el estómago para producir una hemorragia. Eso es lo que contó él. Entonces yo me acordé de la noche en la que vi bajar del avión a uno de los nuestros con un cuchillo sostenido con los dientes, con toda la boca roja, la hoja toda ensangrentada. Pensé que estaba lastimado, después me dí cuenta de que no.
-Hablemos de ese hombre.
-Pertenecía al grupo de los eliminadores. Ese día estaba completamente borracho. Los de ese grupo siempre traían mucho whisky, supongo que tomaban para tener más coraje. Se trataba de un suboficial que hablaba medio en guaraní y medio en castellano. No sé si inculto es lo mismo que ignorante, por las dudas, te digo que era inculto e ignorante. Del cuerpo de Caballería, correntino o misionero, nunca lo supe. Lo ví en dos o tres vuelos más.
-¿Habló con él? ¿Qué le contó?
-Me contó que abrían el estómago de los prisioneros con un cuchillo de monte para evitar que los cadáveres flotaran en el mar. Que de esa manera se hundían más rápido y que, creo que por el olor de la sangre, atraían a los tiburones. Según parece, como se habían encontrado algunos cadáveres en la playas de la costa Atlántica y en otras del Uruguay, los vuelos fueron enviados mucho más al sur y se buscó la manera de evitar que los cuerpos fueran arrastrados hasta las costas por la corriente... No quiero hablar más sobre esto, te pido un poco de tiempo.
-Sólo una más. Por lo que usted dice, el estado en que recibía los aviones confirmaría que los cuerpos eran mutilados antes de ser arrojados al mar.
-Así era. Los del grupo de eliminación rotaban permanentemente. Parece que todos tenían, en algún momento, que hacer el trabajo sucio. Todos debían estar con las manos igualmente manchadas de sangre. Se trataba de un pelotón de tres o cuatro hombres encargados de abrir los cuerpos de los detenidos durante el viaje hasta el punto elegido para arrojarlos al mar. El del cuchillo era el más constante, se ve que instruía a los demás.
Ibañez pide una nueva pausa. La voz se le quiebra cuando dice: "Me imagino lo que estarás pensando de mí, que soy una especie de monstruo". Como quien no quiere la cosa gira un poco la cabeza y levanta el brazo izquierdo justo a tiempo para atajar con el pulgar y el índice un par de lágrimas que se le escapan de los ojos. "Ahora el Ejército dice que soy un psicópata y me da de baja. ¿Podría yo ser un psicópata?"
-¿Alguien lo ayudaba a limpiar los aviones?
-Nadie. Me dejaban solo durante las tres o cuatro horas que tardaba en hacerlo. Terrorífico. Cada vuelo que volvía traía sangre, excrementos y otras partes de los que se fueron. Yo pensaba y pensaba mientras que con un trapo y sin guantes fregaba el fuselaje. Para ablandar la sangre sacaba nafta abriendo una válvula que estaba en la panza del avión. La nafta de avión es muy buena para aflojar la sangre. Cada tanto escurría el trapo con toda esa suciedad en el agua con detergente que tenía en los tachos, que se iban llenando de sangre. Esa noche, en los mismos tachos, llevé desde la cocina hasta el campo la comida de los prisioneros, la que también comíamos nosotros.
(Campo santo - Los asesinatos del ejército en Campo de Mayo; Fernando Almirón. Descargar).
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Cuando quiere agitarse contra nosotros el repertorio de los insultos se nos llama señoritos de cabaret. A todos en general y a cada uno en particular, sobre todo si ocupa puesto visible en nuestra jerarquía.
Hace un par de semanas, en Canal 7, después del fútbol, pasaron una entrevista a Lula, una producción para el canal Encuentro que creo es parte de un ciclo de entrevistas documentales con algunos de los presidentes latinoamericanos. El entrevistador es un Daniel Filmus un poco tieso, con algo de esa gestualidad falsa del que está actuando de sí mismo (ya le agarrará la mano), que contrasta bastante con la soltura sentimental del interlocutor, y el libreto está tomado por esta cosa melosa del "estar cerca es muy bueno"; el cuchareo sentimental sistemático; el foco puesto en la historia personal; en lugar del testimonio de, por decir, un Marco Aurelio García, tenemos hermanos, primos y chachas a rabiar. Cuando el entrevistado, hablando de cómo llegó a presidente, cosa que según dice nunca había soñado o imaginado, empieza a aludir a una especie de fuerza cósmica o destinal la frase que cruza mi cabeza es "el poderoso sindicato metalúrgico...", pero pronto queda claro que se refiere al Señor de las Nubes. Eu creo.